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Convertir debilidades en fortalezas

Se parte del precepto habitual: somos imperfectos, por naturaleza. Y se apunta a la ambición de siempre: obliguémonos a ser sólo lo imperfectos que, por naturaleza, somos. Ahí asoma el solomillo del asunto. Aspiremos a nuestra mejor versión y vivamos en ella. Cada uno la que tenga porque para cada uno la suya será la mejor posible. A esta cima se la debe hollar desde todas las vertientes y una principal sería la de tratar de convertir alguna o algunas presuntas debilidades en impensadas y vitales fortalezas.

Una acción sería tratar de convertir alguna o algunas presuntas debilidades en impensadas y fortalezas. Clic para tuitear

La mayoría de los puntos, débiles y fuertes, son detectados en nuestra juventud y lo son, a su vez la mayoría de ellos, por el entorno. Y más que detectados suelen ser señalados en el más literal sentido del término. Como ser el sujeto de un juicio supone estar sujeto a él y como el ser humano es un animal que vive con gran comodidad en lo establecido, se dice que en la costumbre, ese diagnóstico inicial corre el riesgo de convertirse en juicio sumarísimo y no mutar de piel en toda la vida del paciente. Salvo que éste, con gran paciencia, se empeñe en ponerlo en duda y en recurrir a que sea la propia realidad la que le descubra si es como se dice, parecido o justo lo contrario. Siempre merece la pena proceder al recurso de no dar nada por cierto sin cerciorarse de ello por uno mismo todas las veces que sean necesarias.

No en pocas uno es el mayor censor de sí mismo. Sin atender a lo que los demás puedan decirle, aunque sea favorable, y hasta sin necesidad de que nadie opine nada al respecto. Son sensaciones internas que, si no se pone remedio con presteza, derivan en convicciones inamovibles y, casi siempre, limitantes. No importa demasiado lo exactas y reales que puedan ser ya que, al asumirse como tales, pasan a ser absolutas. La ciencia no lo aceptaría y obligaría a ponerlas a prueba, a que fueran empírica, pero solemos ser poco empíricos con nosotros mismos y, aún menos, con nuestras presuntas debilidades.

Desde esta tribuna de todos y para todos, y desde la legitimidad que puede dar el conocimiento de causa, animamos a desafiar a nuestras aparentes debilidades y tratar de darles vuelta. Sólo así puede dar 90 conferencias en tres años quien no hace muchos más vivía el miedo escénico de hablar en público.

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