De la cabeza de Valverde al pie derecho de Dembelé

No se esperaba de Dembelé. Ni siquiera se esperaba a Dembelé. Al menos, de titular. Aunque la alineación casi obligaba a situarlo allí, sorprendió también verle fatigar una ruta, donde puede imaginarse mucho más letal a Coutinho, estrella de luz responsable: simulando abrir el panorama de ataque, partiendo como extremo izquierdo, para asomar en posiciones interiores y despejarle un latifundio de peligro incorregible a Jordi Alba. El plan, sin estridencias ni grandes sobresaltos, funcionaba por momentos.
El empate de Piqué en la cornisa del descanso no cambiaba la sensación de que el Barcelona necesitaba uno o dos impulsos desde su lustroso banquillo. Parecía que la cabeza de Valverde podía valorar al joven como uno de los dos primeros cambios del equipo… Los libró. Unos pálidos Rafinha y Arthur fueron sustituidos por los incuestionables Rakitic y Coutinho. Y ahí el Barcelona mudó su vestimenta. Cambió su veraniego 4-3-3 por lo que se imagina su traje oficial para el otoño-invierno que se avecina: un 4-4-2, donde Messi y Suarez se pasan el mate arriba, Rakitic se armoniza con Busquets en el corte y confección, Coutinho lastima desde la izquierda hacia dentro y, se diría, Arturo Vidal trabajará el sector derecho dándole vuelo a las irrupciones de Sergi Roberto.

Dembelé, cambiado de carril y de sistema, en una decisión táctica que quizá terminó pesando más en el resultado que en el juego, convirtió su presunto pie de seda en un garrote rotundo y violento Clic para tuitear

En Tánger, se sabe, no estuvo Sergi por sanción y, mientras calentaba el chileno Vidal para salir en los minutos finales, Dembelé volvió unos minutos a su hogar más dulce, la banda derecha, donde Klopp (como extremo puro, cierto) lo supo agitar una temporada en Dortmund hasta convertirlo en una de las sensaciones del fútbol europeo. Dembelé, cambiado de carril y de sistema, en una decisión táctica que quizá terminó pesando más en el resultado que en el juego, ya muy definido por la posesión profunda de unos y la resistencia activa de los otros, convirtió su presunto pie de seda en un garrote rotundo y violento para un balón que, antes de entrar y convertirse en el grito que levantó la Supercopa de España, astilló la parte inferior del larguero del checo Vlacik quien, apenas medio minuto antes, apuntaba a héroe sevillista tras acumular sendos milagros consecutivos ante Suárez y Messi.
Muy pocos goles valen títulos y, aún menos, pueden cambiar la vida de su protagonista. Cuando ambas rarezas coinciden, conviene apuntar la fecha en el diario: 12 de agosto de 2018. Au revoir, París Saint Germain.

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