El Maestro ya es rector

Uruguay siempre ha crecido en la resistencia. En una resistencia activa, que no se limita a evitar derrotas, sino que aspira a las victorias más improbables desde la única condición de nunca traicionarse a sí misma. Podría considerarse una resistencia insistente. O una insistencia resistente. Lo abstracto de cualquier genética se lleva a lo concreto desde la vida y el ejemplo de sus habitantes. Y ejemplos, pasados y presentes, sobran a este lado del Río de la Plata.
Arrancando por el prócer Artigas, descendiente de aragonés y libertario en diferido, de apenas una medalla (únicamente, en toda su trayectoria como jefe militar de su pueblo, se impuso en la batalla de Las Piedras): murió voluntario en su exilio paraguayo, porque nunca quiso aceptar las invitaciones a regresar de quienes ganaron la contienda y expulsaron a los suyos. Ya muchos años después de fallecido, regresaron sus restos para descansar en un imperdible mausoleo situado bajo la Plaza Independencia de Montevideo. Artigas, ideólogo de un pueblo uruguayo que abarcaría parte del sur de Brasil, del noreste de Argentina y una amplia zona del actual Paraguay, convivió con la derrota como compañera más fiel y obtuvo la única victoria que no se mancha: la de trascender y ser reconocido a partir de nunca traicionarte a ti mismo.

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Libero

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