El mentalista

Riazor situó a todo el Real Zaragoza con medio cuerpo colgando de un acantilado. Se esperaba perder en la visita al Deportivo y se sabía que esa derrota declararía algo parecido al estado de sitio de cara al siguiente partido en casa, ante el Extremadura. No imponerse ayer a un rival directo suponía que la salvación quedase ya a tres puntos, con Sporting y Málaga afilando la guadaña en los primeros días de 2019: demasiada distancia y demasiados rivales para un equipo que se mostraba inferior a todo y a todos. Y acaso lo peor, La Romareda iba a convertirse en una hoguera de vanidades, donde arderían hasta quienes llevan décadas vistiendo los mejores trajes ignífugos que se conocen.

En este contexto, ya descrito y hasta anticipado con cierta precisión en textos anteriores, llegó el nuevo Víctor Fernández de siempre: hoy actual porque ya anteayer resultaba un adelantado a un tiempo que, 25 años después, sigue siendo el suyo. Alguna década antes de que ambos conceptos siquiera existiesen en nuestra sociedad, y mientras empezaba a llamársele míster, él ya era un coach que empoderaba a los suyos…

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Alfonso Reyes (foto de portada Heraldo.es)

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