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La decisión perfecta no existe y la peor es la que nunca se toma

La toma de decisiones debería encabezar la tabla de ejercicios del gimnasio del día a día. A menudo temida, progresaría entre nuestros afectos si la entendiésemos como lo que diríamos que es: el gran músculo que nos permite avanzar por un camino propio, sin guías excesivos ni temores paralizantes. Como tal, ha de trabajarse con intención y sin desmayo, sin pausas ni precipitación, de manera sostenida y hasta progresiva. ¿Cómo hacerlo? ¿Cuál es el mejor ejercicio conocido para ello? Tomarlas.

A veces, no pocas, optamos por no tomar una decisión porque no estamos seguros de si es o no la mejor. Cada caso concreto merecería un ensayo en sí mismo, pero la macroestadística da dos titulares: la decisión perfecta no existe y la peor suele ser la que nunca se toma. El primero se sustenta en que no se conoce decisión que no derive en otra, de la misma envergadura o distinta, pero siempre otra. Y ahí el titular profundiza en una suerte de subtítulo: la terminará de hacer buena o mala la siguiente que tomes. Incluso una decisión aparentemente mala o muy mala a los ojos de los demás, puede salir a flote y hasta elevarse con las que se toma en el futuro inmediato.

Pongámonos concretos con ejemplos conocidos. Y si es por conocer, recuperáremos una etapa de la vida de Javier Hernández Aguirán, ya que del impulso de la misma ha brotado esta Asociación. Se diría que su decisión de distanciarse por un tiempo del periodismo diario pudo no ser una buena decisión en su momento, con todo lo remado desde niño para llegar y hacer pie ahí. Si la siguiente hubiese sido tumbarse en el sofá por tiempo indefinido, habría hecho justicia a los pronósticos más agoreros, siempre dispuestos. Pero gracias a esa dudosa decisión, siguieron otras como tratar de clasificarse para los JJPP Londres’12 (no sólo lo logró, sino que completó una contrarreloj sin precedente mundial moderno conocido: empezando a entrenar con 30 años y nadando una final paralímpica sólo tres después), lanzarse a obtener el permiso oficial de Tráfico para conducir con los pies (el tercer europeo en lograrlo) y varios hitos más que, al igual que aquella decisión con la que se abre este párrafo, parten de la primera de todas, la que tomó de niño y la que recomendamos para todos: vivir de los pies a la cabeza.

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