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Lo que nos perdemos si nunca perdemos

La derrota duele y educa. Se dice que de ella se aprende y apenas se dice, pero se diría que es un aprendizaje que preferimos evitarnos cual devastadora alergia moderna. Quizá porque lo que incomoda de verdad no sea tanto levantarse tras caer, sino hacerlo con la compañía de miradas que lastiman de arriba a abajo. Nos hemos convertido, puede que hasta dándonos cuenta, en una sociedad que pone antes en cuarentena a quien lo intenta y no lo consigue que a quien no lo consigue porque ni siquiera lo intenta. Y ahí termina por triunfar un modelo peligroso y nada inspirador: quien nunca pierde. Porque quien nunca lo hace se pierde todo lo demás.

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Victoria y derrota son dos caras de una misma moneda, imposibles de escindir. Sólo quien pierde con frecuencia llega a alguna o a varias victorias. Se entienden como antónimos cuando son vasos comunicantes. No puede ser casualidad y si lo fuese, no debería pasar inadvertido, que dos campeones absolutos como Lewis Hamilton y Serena Williams abracen y enarbolen el lema ‘Still I Rise’. Literalmente ‘Todavía me levanto’, tiene una traducción más cómoda como ‘Me sigo levantando’.

Dicen que todo está permitido menos no levantarse. Se acepta y, por supuesto, se suscribe la cita, aunque entendemos que debería ubicarse unos minutos antes: todo está permitido menos no caerse. Hasta los casos de triunfadores más redondos y sugerentes, en el deporte y/o en la vida, como puedan ser los antes señalados de Serena y Hamilton, han sabido convivir con altibajos muy sensibles tanto en su trayecto personal como profesional para, no sólo caer y levantarse de ellos, sino para aprender a hacerlo y a ser muy conscientes de que, sin ellos, no habrían ganado ni un átomo de lo conseguido. Y de lo que les queda por conseguir.

La realidad de cada persona es suya, sin duda, y nunca pueden compararse con las de otro. Ni siquiera pueden analizarse desde ninguna perspectiva externa al propio sujeto. Aquí se comparten unas coordenadas que, atendiendo a la particularidad de cada vida, pueden sumar en positivo sea cual sea el escenario. Quien nace con una serie de presuntas derrotas incorporadas se habitúa a convivir con ellas, a entenderlas como la parte del todo que siempre son y a superarlas por haber comprobado que ninguna quita tanto como lo hace el temor que generan y la parálisis que su posibilidad provoca.

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