Un chupete para mi hermano

Hace pocos días las redes sociales viralizaron un vídeo en el que un niño calmaba el llanto de su hermano, apenas un bebé, poniéndole con cuidado el chupete en la boca. La imagen de ternura fraternal era hermosa en sí misma. Pero lo que generó el impacto multiplicador en internet fue este detalle: el niño que consolaba a su hermanito no tenía brazos. Se arreglaba para, acostado en la cama junto al pequeño, llevarle el chupete hasta la boca. Al vídeo lo acompañaba este comentario: “Lo hace porque no sabe que es imposible”.

Mucha gente compartió la imagen: y en sus comentarios insistían en darle a ese gesto cotidiano, ejercido con absoluta naturalidad infantil, la categoría de lo admirable. No veían al niño, sino que miraban a su discapacidad. No atendían a la esencia sencilla de un gesto de cariño entre hermanos… se detenían apenas en el truco visual: alguien sin brazos haciendo lo que los demás hacen con ellos.

La diferencia es leve pero básica. Si el vídeo lo hubieran protagonizado dos bebés con brazos, entonces el efecto no se habría producido. Habría quedado como una imagen de maravillosa ternura de un pequeño que cuida de otro. ¿Es diferente porque el niño no los tenga? No, no lo es. La diferencia la impone nuestra mirada.

Resulta lógica y comprensible la sorpresa, la curiosidad, el asombro ante algo así. Descubrir como solucionan sus acciones funcionales cotidianas personas sin brazos en un mundo que, como subraya Javier Hernández Aguirán en sus conferencias, “está diseñado para tenerlos”. Pero siempre reclamamos que es hora de dejar de mirar a la discapacidad y empezar a ver a las personas. Y éste nos parece un nítido ejemplo.

En la vida cotidiana no existen los super héroes. Solo hay personas enfrentadas a retos cotidianos, desafíos mayores o menores, que todos solucionamos con las herramientas que nos han sido dadas: físicas, intelectuales, psicológicas… La categoría es indiferente.

Pese a esta evidencia, seguimos hablando de la discapacidad en tercera persona y la asociamos solamente a lo aparente. Es un error que debemos combatir. Todos tenemos alguna discapacidad, por un motivo muy simple: no ha nacido el ser humano perfecto. A todos nos faltan cosas o nos manejamos en circunstancias que debemos superar. Que aquello que nos falta sea más o menos visible, no cambia nada.

No. Ese niño no le ponía el chupete a su hermano porque no supiera “que es imposible”. Justamente lo hace por el motivo contrario. Como dice Javier a sus audiencias: “Todo lo que he hecho, lo he hecho porque era posible”. Porque se puede, claro que se puede… El niño que consuela a su hermano poniéndole el chupete lo hace porque ha aprendido cómo hacerlo. Su acto es la culminación de un proceso tan natural como la vida misma: todos aprendemos a hacer lo que hacemos. Una vez liberado el gesto de esa mirada condicionada, queda en lo que es: un acto natural de cariño. Un niño que consuela a su hermano pequeño. Ni más ni menos que eso.

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