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Álex Vidal: lecciones para nunca bajar los brazos

La historia de Alejandro Vidal se puede contar desde el final: la enfermedad que sufrió de bebé y lo dejó sin movilidad en los brazos, los años de rehabilitación, su descubrimiento del taekwondo y, por decirlo rápido, sus cuatro títulos mundiales de para-taekwondo o los tres de Europa. Por ejemplo. Porque hay más títulos y más hazañas deportivas. Pero también podríamos narrar ese camino de éxito no desde el éxito en sí mismo, sino desde los principios que lo inspiran, que son el verdadero triunfo. Parece lo natural, pero en casos así se tiende a subrayar los logros sin explicar de dónde proceden. No es raro.

Estamos acostumbrados a recordar el desenlace de las películas y las últimas frases de los libros. Pero perdemos de vista que, a menudo, la sustancia de un relato (vale decir, de una vida) se oculta en las primeras frases: esas que parecen mero pretexto, inocuas, introductorias, insustanciales. Cuando uno cierra el libro una vez terminado y regresa a la primera página, entiende su pleno sentido: solo entonces advertimos en aquellas líneas olvidadas el mecanismo de un gatillo; y reconocemos la trayectoria del proyectil, que es la historia que nos han contado.

A los nueve meses de vida, una enfermedad le dejó laxos los brazos, que solo puede levantar un ángulo de 30 grados: eso no le ha impedido llevar una vida plena y convertirse en tetracampeón mundial de taekwondo adaptado Clic para tuitear

Fijémonos en la de Alejandro Vidal, taekwondista nacido el 21 de diciembre en 1981 en Santa Eugenia de Ribeira, en la provincia de La Coruña. A los nueve meses de vida sufrió una poliradioculoneuritis que le dejó laxos los dos brazos. Sin movimiento: «No puedo levantarlos más de 30 grados, salvo si uso uno para apoyarme en el otro -cuenta el propio Álex-. Si pongo un brazo contra otro genero potencia y lo levanto lo suficiente y hago pinza para sujetar cosas». Pese a esa limitación física, y tras años de rehabilitación, su espíritu de deportista irredento lo llevó al taekwondo, inspirado por Juan Luis Martínez, su entrenador. Y de ahí vinieron los títulos, una trayectoria deportiva fascinante que ha de llevarle, es el objetivo, a los Juegos Paralímpicos de 2020 en Tokio, donde el taekwondo ingresará en el programa paralímpico.

Pero los cimientos de ese logro personal y deportivo están en lo que raramente se cuenta. En la educación de unos padres, y de una familia, que siempre tuvieron claro cuál era la mejor manera de proteger a Alejandro: que hiciera todo con todos. «Tuve mucha suerte por la familia en la que nací. Desde los tres, cuatro o cinco años yo jugaba al fútbol con todos, con mi hermano, con sus amigos… y si me caía me tenía que levantar. Era uno más».

Ese ser uno más es el principio de todo. Porque acaba licuado en una determinación inquebrantable: «En cierta ocasión estábamos jugando al escondite y todos se habían subido a un muro. Yo no podía, pero me empeñé en subir también: tuve que pelearme tanto con los brazos para lograrlo que, cuando al final lo hice, los tenía ensangrentados, la ropa destrozada». A Alejandro le preocupaba la reacción de su madre: «Yo le decía a mi hermano: ‘¡Mamá me va a matar, ya verás…!’. Pero cuando me vio y le conté lo que había pasado, mi madre se echó a llorar pero por la emoción de ver cómo había peleado para hacer lo que todos los demás». Su madre le curó, lo animó. Lo hizo más fuerte.

En otra ocasión, de nuevo con su hermano, Alejandro se tiró al mar con todos los demás, jugando en el muelle. «Me tiraba con manguitos para flotar, pero al saltar los manguitos se me salieron… Mi hermano vino hasta a mí, pero cuando estaba a mi lado en el agua me dijo: «Mira, ve hasta allí tú solo y sales». No lo sujetó ni lo arrastró hasta la orilla. No le puso los manguitos. Se quedó a su lado y lo animó. «Lo hice, llegué. Mi hermano ha sido siempre una influencia básica para mí», reconoce Alejandro.

El verdadero sentido de la protección es dotar a quien lo necesita de la confianza suficiente en sí mismo y en sus capacidades. Y, después, permitirle que las explore: «Hace unos días, en el parque, vi a un niño con displasia que quería subirse a una estructura para jugar… Tenía problemas y cuando la madre lo vio, se puso de los nervios y empezó a gritarle alarmada que tuviera cuidado». Álex se acercó al chico y le propuso: «¿Quieres subir? Adelante, inténtalo…». Se quedó a su lado para prevenir una caída… y el chico subió por sus propios medios. «La madre vino llorando y me dio las gracias por lo que había hecho. Hay que dejar a los niños que caigan y se levanten: hoy día hasta los niños sin discapacidad están sobreprotegidos».

Yo tuve suerte con mi familia y con como me han tratado en el deporte: siempre hice todo con los demás. Hoy hasta a los niños sin discapacidad se les sobreprotege: hay que dejarles que se caigan y se levanten Clic para tuitear

Esos principios han influido en el modo en el que Alejandro Vidal ha afrontado su vida. «Siempre hice deporte: soy cabezón, me gusta probar las cosas. A los 18 años, el médico me dijo que ya había hecho suficiente rehabilitación, que probara con algún deporte. Antes me dedicaba a deportes en los que me valiera con las piernas: hasta que en el club Natural Sport, Juan Luis Martínez me propuso que comenzara a dar clases de taekwondo salud, con adultos». Enseguida aquella versión del deporte se le quedó corta: «El primer día ya se quedaron dos chicos al final conmigo y me pusieron un poco a prueba, porque vieron que me movía bien. Me propusieron pasar a la clase de competición y ahí fui».

Hacer todo con todos… aunque tenga sus consecuencias. En el primer entrenamiento Alejandro se midió con dos chicos jovencitos: «Tendrían 14 o 15 años… y yo 21. Pero me trataron como a uno más. O sea, que me dieron una tunda«, se ríe al recordarlo. «Llegué a casa agotado, pero con el gusanillo dentro por cómo me habían tratado». ¿A patadas? «Sí, exacto, jajaja… como uno más».

Después de cuatro años de entrenamiento, Alejandro dio otro paso más: «Le dije a mi entrenador que quería competir». Pero no bastaba con desearlo: no existían competiciones de taekwondo adaptado, así que se tendría que enfrentar a luchadores sin ninguna discapacidad. A Alejandro no le produjo ningún temor. «El problema era que las aseguradoras no se fiaban: en el taekwondo te llevas golpes en la cabeza y yo no puedo sostener la guardia arriba con los brazos, así que nos costó hasta que encontramos una que se volcó conmigo». 

Logrado el salvoconducto, en 2007 compitió en el Campeonato de Galicia promesas. «Cuando mi contrario me vio, creo que se quedó algo sorprendido y no supo qué hacer… supongo que no quería dañarme». Eso fue hasta que Alejandro le enseñó que lo que tenía enfrente no era un chico con una discapacidad que se había metido donde no debía. Lo que tenía delante era un luchador, en el más amplio sentido del término: «Le pegué una patada en la cabeza y a partir de ahí vino a por mí como un loco». 

Ese año, Alejandro fue campeón gallego promesas y reconocido como Mejor Competidor del Año. Al siguiente, bronce en el gallego absoluto. Y al otro, subcampeón autonómico, subcampeón del Open Internacional de Pontevedra y cuarto en el nacional de clubs. Lo que no le daban los brazos, lo compensaban la estrategia y otras destrezas: «Soy muy rápido. Me desplazo muy rápido. Entraba y salía de la distancia todo el rato. Basculando atrás y adelante. Y cuando atacaba, atacaba con mucha seguridad porque el otro se venía. Los míos son combates de mucho desgaste físico». Y así siguió sumando triunfos, medallas, puestos destacados. Cuatro campeonatos del mundo y tres de Europa (amén de otros podios y logros a nivel internacional).

En 2009, la Federación Mundial de Taekwondo introdujo la modalidad adaptada. Tras compaginarlo un tiempo, finalmente el deportista gallego cambió su forma de entrenamiento para centrarse en el taekwondo adaptado. «Había trabajado como administrativo en horario nocturno, pero me centré en el entrenamiento para este ciclo paralímpico, con las ayudas a los deportistas de élite del gobierno gallego». Ese es ahora el objetivo, y seguir compitiendo: el Open africano en marzo, el asiático en Vietnam en mayo, el Panamericano en Orlando, el Europeo en Bulgaria… Y convertirse en enero de 2020 en uno de los deportistas clasificados para los Juegos.

Mientras, Álex compagina el deporte con charlas y conferencias en las que cuenta su vida «como una vida más, como la de cualquiera… La gente me habla de superación, pero todos en nuestro día a día tenemos baches y debemos superarlos». Una vida más. Hacer todo con todos. Explotar lo que tienes y no lo que te falta. Aspirar a tu máximo y hacer el máximo por lograrlo.

La gente habla de superación, pero mi vida es solo una vida más como la de cualquiera: todos tenemos baches y todos tenemos que superarlos Clic para tuitear

Tantas victorias después, la vida es el deporte más duro. «¿Sabes qué es lo que más se me ha resistido? Abrocharme un pantalón vaquero. Un día, en las fiestas de mi pueblo, me empeñé en hacerlo solo, porque no había nadie en casa. Y no quería salir por ahí en chándal, ¡que eran fiestas! Así que me puse… hasta que lo logré».

Le costó, confiesa, 40 minutos. «Acabé tan sudado que tuve que desvestirme otra vez y meterme en la ducha. Y como soy así de tozudo, dije… pues ahora voy a bajar el tiempo. Empecé de nuevo otra vez, y otra y otra. Cada vez que terminaba, volvía a desabrocharme y a empezar de nuevo para hacerlo aún en menos tiempo. Al final logré abrocharme en 10 minutos». Se fue de fiesta. Y cuando lo vieron llegar sus familiares, con los vaqueros puestos, sí que hubo fiesta. Pero de verdad. «Ahora lo hago a diario en dos».

No hace falta levantar los brazos para ser campeón. Lo fundamental es no bajarlos nunca.

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