La discapacidad no es “de otros”: todos somos imperfectos y eso también es humanidad
Hay una costumbre peligrosa: hablar de la discapacidad como si siempre estuviera “fuera”, en manos de “otros”. El mensaje de Javier Hernández Aguirán va por otro lado: la discapacidad no es excepción ni etiqueta ajena; es una forma más de imperfección humana.
Hasta que exista el ser humano perfecto —y no existe— todos convivimos con límites. La cuestión no es encajar en un ideal imposible, sino vivir con valentía y asumir un papel activo en la vida cotidiana.
Desde la Fundación De los Pies a la Cabeza, Javier lo formula con un tono humano y retador: menos distancia, más responsabilidad.
La discapacidad como parte de todos: inclusión real y humanidad compartida
Tendemos a tratar la discapacidad como un tema aparte, cuando en realidad cada persona es un conjunto de piezas incompletas. Unos límites se ven y otros no, pero todos existen. El lenguaje ayuda a ponerlo en su sitio: “La discapacidad es simplemente una imperfección.” Dicho así, deja de funcionar como frontera entre “ellos” y “nosotros” y se vuelve espejo. Reconocerlo no resta dignidad; la devuelve. Nos recuerda que la vida no se define por la pieza que falta, sino por lo que hacemos con el rompecabezas que tenemos.
Aceptar esta mirada reordena prioridades: menos esfuerzo por parecer “normales” y más energía para construir entornos donde la discapacidad y cualquier otra limitación no cancelen el talento, la participación y el deseo de aportar. No se trata de añadir a unos a un grupo que ya estaba completo; se trata de entender que el grupo nunca estuvo completo sin ellos.
El error de mirar la discapacidad en tercera persona: de “ellos” a “nosotros”
Hablar de la discapacidad en tercera persona crea distancia. “Ellos” se vuelven caso, expediente, foto de campaña. “Nosotros” quedamos como evaluadores benevolentes. Esa narrativa empobrece a todos: reduce a unos a su rasgo visible y excusa a otros de revisar sus propias limitaciones. Cambiar la pregunta ayuda: ¿qué parte de mí dejo fuera cuando hablo de “ellos”? ¿Qué decisiones cotidianas puedo tomar para pasar de espectador a participante?
El giro es práctico: menos discursos sobre “incluir” y más diseñar desde el inicio espacios, procesos y relaciones donde quepamos todos sin pedir permiso. Cuando abandonamos la tercera persona, también cambiamos el modo de medir lo que vale: dejamos de mirar con lupa la diferencia y empezamos a mirar el potencial compartido.
Éxito vs exitismo: una diferencia clave
Javier distingue entre éxito y exitismo. El éxito es hacer lo mejor de uno mismo, con lo que se tiene y donde se está. El exitismo, en cambio, es obsesionarse con ser mejor que los demás, convertir la comparación en religión y el podio en única medida.
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En educación, trabajo o familia, el exitismo agota: confunde valor con posición, y deja fuera todo lo que no entra en la medalla del día. El éxito bien entendido, en cambio, se parece más a una trayectoria que a una foto perfecta. No niega las metas altas; las pide. Pero no para humillar a nadie, sino para crecer.
Desde esta perspectiva, la discapacidad no invalida el éxito; invalida el exitismo. Porque si tu escala es la comparación, siempre habrá alguien “por encima”; si tu escala es el progreso propio, cada avance cuenta.
Pistas breves para usar esta diferencia en lo cotidiano:
- Pregúntate “¿en qué mejoré respecto a ayer?” en lugar de “¿a quién superé hoy?”
- Celebra procesos (esfuerzo, constancia, aprendizaje), no solo resultados.
- Elige una métrica personal de avance semanal: una, clara y medible.
La meta alta como acto de valentía
Poner metas altas no es postureo; es valentía. No porque siempre se llegue, sino porque el intento te transforma. La meta te orienta, el camino te entrena. Incluso si no alcanzas el objetivo, el trayecto ya es victoria: te deja mejor posicionado que al inicio, con más recursos y menos miedo.
Esta lógica desactiva la trampa del “todo o nada”. La discapacidad, como cualquier otro límite, no impide aspirar; lo que pone a prueba es cómo aspiras. Una meta honesta exige calibrar el esfuerzo, pedir ayuda cuando haga falta y aceptar ajustes de rumbo sin vivirlos como derrota. No se trata de negar el cansancio, sino de convertirlo en señal de que te estás moviendo en la dirección que elegiste.
Recuperar nuestro papel activo: jugar todo el partido
Vivir “en el banquillo” es cómodo: comentar la jugada, opinar con ventaja, esperar la oportunidad perfecta. Pero la metáfora del “entrenador cobarde” lo denuncia: salir a jugar cuando el partido ya está decidido no es valentía, es cálculo. Javier invita a jugar todo el partido, minuto a minuto, sin excusas. Eso implica elecciones pequeñas y sostenidas: presentarte incluso cuando no brilla el ánimo; decir “sí” a lo que importa y “no” a lo que distrae; ensayar lo que te cuesta en vez de rodearlo.
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Asumir un papel activo cambia también la relación con el entorno. No esperas a que otros te “den lugar” por caridad; ocupas tu lugar por derecho y por responsabilidad. Y al hacerlo, ayudas a que la discapacidad deje de funcionar como permiso especial y se reconozca, de una vez, como parte de la humanidad.
Si de verdad creemos que la discapacidad no es “de otros”, entonces el debate deja de ser quién “incluye” a quién. La cuestión pasa a ser cómo nos miramos y cómo actuamos para que cada persona, con sus límites y su potencia, pueda aportar sin peajes invisibles. La inclusión no es caridad; es reconocer que compartimos fragilidad, valor y deseo de vivir con sentido.
Tómate un minuto hoy: piensa en una etiqueta que uses, para ti o para otros, que limite más de lo que ayuda. Cámbiala por una pregunta mejor: ¿qué puedo hacer con lo que hay? A veces esa pregunta abre una puerta. Y al cruzarla, compruebas lo esencial: nadie es completo, todos tenemos limitaciones; lo que nos define no es la pieza que falta, sino la valentía con la que jugamos el partido completo de nuestra vida.


