Nos necesitamos todos y nos necesitamos fuera

Cuando ingresas en un centro penitenciario, ya nunca más eres el mismo. No importa que sólo sea por un rato y que el trato sea mejor que bueno. Un escalofrío te sacude cuando las puertas de seguridad corredera van abriéndose a tu paso y se cierran con estruendo a tu espalda. ¿Cuántos dramas se acumulan dentro? Imposible hacerse una idea, siquiera aproximada.
Antes de comenzar, cuando el salón de actos comenzaba a llenarse y apenas quedaban unos minutos para comenzar nuestra conferencia, un interno ya veterano, asistente a alguna edición anterior de De los Pies a la cabeza, se acercó a saludar y a compartir que ya estaba en la recta final de su pena de larguísima duración. Más de dos décadas. El deseo por salir era comparable con el vértigo a una libertad sin andamios: entró con apenas 18 años y sabe que el futuro le va a exigir una suerte que nunca tuvo. Ojalá la encuentre y le acompañe.
Con la humilde intención de reconstruir almas rotas, aunque apenas sea una hora en un océano de frustraciones, volvimos a Zuera por primera vez desde 2020. La pandemia interrumpió una saludable costumbre de dedicar dos veces al año nuestro ciclo social HashtagQUI ante distintos módulos y, por fin, lo recuperamos. Un total de 93 internos, entre hombre y mujeres -módulos 3, 5, 6, 7, 8, 12 y 13-, acudieron a la cita y dedicaron toda su atención y cariño, tanto a la charla como al coloquio posterior. Volveremos. Siempre es bueno cambiar a mejor.

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