(nunca más) Pobre de mí
Se nos encoge el alma cuando nos vamos de Pamplona, al salir de su centro penitenciario. Acaso por el buen trato que siempre recibimos por parte de funcionarios e internos; y seguro que por estar hora y media hablando y mirando a los ojos a quienes una vida errática les tiene ocultos y apartados de casi todo el mundo.
Nuestra charla tiene la capacidad de parecer un camaleón: puede ser vista en más de una ocasión y nunca darte la impresión de ser exactamente la misma. Aquí, ante medio centenar de asistentes, quisimos que gravitara sobre dos conceptos muy poderosos: la aceptación y la no autocompasión.
Aceptar no es resignarse, es exactamente lo contrario: dejar de lamentarse y establecer un nuevo punto de partida. Ya sin pobres de mí. Que sólo sirven para despedir los sanfermines hasta el año que viene



